• Andrés Castro Murcia

1100 días de casi Paz.

Por increíble que parezca esta semana se cumplieron 3 años desde la firma del acuerdo de paz que pondría fin al conflicto armado entre el Estado colombiano y la guerrilla de las FARC. Digo increíble porque debió ser una fecha especial para los colombianos, no un día común de septiembre.




Haber hecho parte del equipo que intentó hacer pedagogía sobre lo acordado, me permitió tener una perspectiva sobre las razones del fracaso en la implementación del acuerdo de paz.


Fue una firma en la que se comprometían el Gobierno y la subversión a la finalización del conflicto, el desarme de la guerrilla, la Reforma Rural Integral, la reparación de víctimas, garantías políticas para la oposición y la implementación del acuerdo.


En primera instancia creo que el proceso fracasó por la pedagogía realizada. La decisión del gobierno fue no aceptar que algo está acordado hasta que todo estuviera acordado, lo que significó darle espacio a quienes se oponían al acuerdo para gestar especulaciones y alejar la realidad de las mesas de negociación en Cuba de la población colombiana. Cuando salimos a buscar el apoyo ciudadano para ganar en el plebiscito, todo el país estaba sujeto a mentiras y noticias falsas, lo que los motivó a votar negativamente.


En segunda instancia, a pesar de que muchos votaron movidos por noticias falsas, otra cantidad significativa de ciudadanos en realidad estaban (y aún se encuentran) en oposición al acuerdo de paz. Al ganar el NO, el gobierno decidió hacer una cumbre y escuchando a los ganadores de la contienda rectificar el acuerdo. Sin embargo, dichas modificaciones no llenaban el sentir de los que no aprobaban lo pactado. Se dejó así de lado a millones que querían algo diferente en el texto final.


Finalmente creo que el mayor punto de fracaso fue haber centrado tanto la paz en una discusión política de caudillos y de maquinarias alineadas. Eso era importante, pero no lo único importante. Se requería mayoritariamente empezar a ordenar el país para que los mandos medios, aquellos que ejecutaban las ordenes, lo hicieran. Los primeros días debían ser fundamentales para llenar de confianza a las partes, pero en cambio hubo mucho cacique y poco indio; no se ejecutó nada por salir en las fotos y finalmente se desmoronó ante nuestros ojos la posibilidad de construir una paz estable y duradera.


Las deficiencias que ocurrieron en los primeros meses de implementación permitieron que quienes no creían desde la sociedad civil y desde la subversión torpedearan incesablemente el barco de la paz.


Hoy no se puede decir que todo fue tiempo perdido, pero si podemos afirmar que por estos detalles no somos el país en paz que todos soñamos.

 

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