• Andrés Castro Murcia

El mar de Colombia

Hoy se cumplen 7 años desde el día en que la Corte Internacional de Justicia dio un fallo final sobre el litigio por la frontera marítima entre Colombia y Nicaragua. En aquella ocasión Colombia perdía un equivalente al 40% del territorio en las aguas del caribe, y se lo entregaban al país centro americano.


Con el fallo, Colombia perdía casi el 40% de sus aguas en el Atlántico

En ese momento ellos alegaban mayor territorio marítimo, cumpliendo la normatividad internacional de las 200 millas náuticas. Eso implicaba modificar el tratado Bárcenas-Esguerra, que acordaba la frontera. Dentro del área reclamada por Nicaragua se encuentran 7 ubicados en la zona, las islas de San Andres, Providencia y Santa Catalina y – lo más importante – la riqueza y recursos por explotar en la región.


Lo único real hoy por hoy es que Colombia no ha acatado el fallo y eso significa que las relaciones con Nicaragua son tensas. La Armada de Colombia sigue haciendo presencia militar en la zona, lo que significó otra demanda ante la CIJ por parte de Nicaragua. La disputa por esa extensión marítima y sus recursos siguen aún vivas.



Hay muchas acciones que son reprochables dentro del proceso, principalmente la de haber admitido la demanda e ir al juicio. Sin embargo, llorar sobre leche derramada de nada sirve. Actualmente hay dos procesos más en los que se debaten la soberanía de Colombia sobre las islas, cayos y aguas de la región, lo destacable de allí es que son potencialmente favorables para Colombia.


De todo esto lo que nos queda es que en Colombia no tenemos sentido de pertenencia por nuestras zonas de ultramar. Lo único que podía doler de la noticia era que nos quitaran a las islas, que destacamos por ser un excelente destino turístico, no por el verdadero valor que tienen para la historia y la cultura nacional, y como no fueron arrebatadas por el fallo, entonces la noticia terminó pasando de agache.


El no haber acatado el fallo fue lo correcto, pero fue una medida muy corta para la magnitud de la situación. Los colombianos, y no solo el estado, debemos acoger, apropiarnos y entender el valor que tiene esta zona para el país. Entender que los raizales son hermanos y compatriotas y no dejarlos al olvido en el ultramar.


En ese orden de ideas, desde hace mucho tiempo he tenido la concepción de que en Colombia deberíamos bautizar nuestros mares, tanto las aguas colombianas del Atlántico como las del pacífico. Que en los mapas a nivel mundial se reconozcan esas zonas como los mares de Colombia, que en nuestras clases de geografía entendamos que ese azul en el occidente y norte del país son nuestros mares y que empecemos a pensar que esas zonas son tan importantes como las minas, campos petroleros, ríos y zonas de cultivo de la zona continental.

 

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