• Andrés Castro Murcia

Unidad

Actualizado: 1 de feb de 2019


´Unidad’ es la palabra de estos meses: “Duque llama a la unidad en su primer discurso como presidente”, “Duque llama a la unidad para lograr un país más equitativo”, “Duque llama a la unidad contra el terrorismo”. Por supuesto, esa unidad es cierta e innegable aquí en Colombia: todos, liberales y conservadores, aguafiestas y nacionalistas, laicos y uribistas, hemos vivido en Colombia a pesar de Colombia como a bordo de un avión en turbulencia, hemos tenido la misma ley y el mismo Dios en la manga y la misma lengua, hemos lidiado este Estado hostil que sigue en obra gris, y hemos narrado a medias, a nuestro gusto, una Historia que ha sido un conteo de víctimas. Pero no es esa unidad la que pide Duque. Y no es creíble la unidad que está pidiendo.

Podemos tener en común el rechazo a la violencia, el duelo nuestro de cada día en este país en suspenso, el hastío que da seguir hablando del Eln, tan mitómano, tan bárbaro, tan obsoleto, a estas alturas de la vida: 55 años después. Pero el constante llamado de Duque a la unidad, que suena genuino, termina siendo vano e incoherente porque está hecho desde el negacionismo del conflicto, desde la resistencia a asumir que todo presidente es un jefe de Estado obligado a honrar los compromisos internacionales, desde la restauración de un orden feudal que combate al terrorismo con Dios de su lado, desde el desprecio de las salidas negociadas a estas guerras perversas, desde un prohibicionismo lleno de soberbia que seguirá engordando a esas bandas de traficantes disfrazadas de ejércitos revolucionarios.


De acuerdo: ojalá que estos años de diálogos en La Habana, de plebiscitos trágicos y de comisiones de la verdad hubieran logrado ya que en Colombia la violencia política fuera aberrante e impensable hasta para el aberrante e impensable Eln. Y claro que estamos todos, la gran mayoría al menos, del lado de la Constitución y de la ley. Pero reducir la lucha por la paz a la lucha contra el terror es insistir en ese país que prefiere sentirse acorralado por los monstruos –y entregarse a ciegas a sus vigilantes– a trabajar por el campo, por la reparación de las víctimas, por la reincorporación de tantos niños reclutados a la fuerza, por el cumplimiento de esa promesa con aires de leyenda urbana, el Estado, que se aparece y se va como un circo en tantos lugares borrosos de este mapa.

Cuando una sociedad no sabe que está unida –amarrada a la misma suerte: a Colombia, ni más ni menos–, solo es una comunidad en los días de fútbol y en los días de horror. Sí, nos repugna el terrorismo: veinte cadetes asesinados, por Dios, para mostrar un poder que se pierde en el acto. Y sí, sirve a una parte del establecimiento para realinearse. Pero, aun cuando la derecha gobierne a su antojo, en estos días de redes es imposible volver a aquel país confesional que prefiere la caridad a la solidaridad, que confunde el unanimismo con la unidad, que cree que es peligroso e ilegal no estar de acuerdo: “Te quitas la camiseta o te pelamos”, “guerrillero hijueputa”, “plomo es lo que hay”, les gritaron, en la marcha del domingo, a algunos que salieron a protestar contra todas las violencias.

Es porque estamos irremediablemente unidos que somos críticos con el Gobierno. Es porque nos importa Colombia, es porque lo que le pase a Colombia tarde o temprano nos pasará a todos, que nos parece un desatino desconocer los protocolos de un proceso de paz. Y es porque “el recrudecimiento de la guerra” no solo significa resolver el terror con más terror en un país que estaba dando menos miedo, sino abandonar a su suerte, en los márgenes, a tantos inocentes que a esta hora se santiguan, que insistimos en pactar el fin de la violencia que nos une


Por: Ricardo Silva Romero

Publicado: Enero 24 de 2019

Disponible en: https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/ricardo-silva-romero/unidad-columna-de-ricardo-silva-romero-318766

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